El matrimonio está en recesión. Al menos así parecen demostrarlo las estadísticas en los Estados Unidos: si en 1960, un cinco por ciento de los niños nacía fuera del matrimonio, hoy en día, un 34 por ciento es fruto de uniones fuera de él. Y mientras que en los sesenta, más del 67 por ciento de adultos estaba casado, hoy es menos del 56 por ciento.

En este contexto, los niños americanos tienen menos probabilidades de pasar toda su infancia en una familia nuclear; y los hombres y mujeres, de casarse jóvenes y permanecer unidos que hace cincuenta años.

Esta tendencia es todavía más acusada entre las comunidades pobres y con minorías étnicas. En 2002, un 68 por ciento de los nacimientos de niños afro-americanos y un 44 por ciento de los nacimientos latinos se produjeron fuera del matrimonio. Se trata de datos alarmantes si se comparan con el 29 por ciento de nacimientos producidos fuera del matrimonio en las comunidades “blancas”.

Paralelamente, mientras que sólo un cinco por ciento de las madres que han recibido enseñanza universitaria tienen hijos fuera del matrimonio, alrededor del 25 por ciento de las madres que no han superado los estudios secundarios son madres solteras. La mayoría de estas últimas pertenecen familias humildes. A su vez, los hombres y mujeres que provienen de este grupo socio-económico tienen menos tendencia a casarse que los blancos que cuentan con una formación universitaria.

Los cambios que se han producido en el seno de familias americanas durante las últimas dos generaciones han inspirado numerosas investigaciones socio-científicas, además de muchos programas dirigidos a preparar mejor a las parejas para el matrimonio. El matrimonio importa trata de resumir los principales hallazgos de todos estos trabajos de forma sencilla y útil para todos los interesados en los debates actuales sobre la familia. En otras palabras, pretende argumentar con datos lo que ya sabemos sobre la importancia del matrimonio en el contexto familiar y social.

Extraido del libro El Matrimonio Importa (Veintiséis conclusiones de las ciencias sociales). Social Trends Institute Nuevea York - Barcelona.
Tanto madres como padres sufren la carencia del lazo matrimonial. En general, las madres solteras se quejan más de conflictos con sus hijos y de tener menos control sobre ellos que las casadas. Llegados a la edad adulta, los hijos de matrimonios unidos afirman tener una relación más cercana con sus madres que los de parejas divorciadas. 

Según un estudio realizado en Estados Unidos, un 30 por ciento de jóvenes cuyos padres se habían divorciado reconocieron tener malas relaciones con sus madres, algo que sólo admitían un 16 por ciento de los hijos cuyos padres habían permanecido casados.   

En el caso del padre, la buena relación con los hijos depende aún más de que éste permanezca casado con la madre. Un 65 por ciento de jóvenes cuyos padres se divorciaron se llevaban mal con el padre (en el caso de las parejas no divorciadas, sólo un 29 por ciento). En general, los niños cuyos padres se divorcian o no llegan a casarse ven a sus padres con menos frecuencia y tienen relaciones menos cariñosas con sus ellos que los de padres casados que permanecen juntos. 

Los estudios sobre los hijos de parejas divorciadas sugieren también que la pérdida de contacto con el padre después de un divorcio es una de sus consecuencias más perjudiciales.42 El divorcio parece tener un efecto aún más negativo sobre las relaciones entre el padre y los hijos que el convivir con un matrimonio infeliz. Incluso los padres biológicos que viven con la familia (madre e hijos) sin estar casados, no suelen estar tan involucrados con sus hijos como sus iguales casados que viven en el mismo hogar con sus hijos.

Extraido del libro El Matrimonio Importa (Veintiséis conclusiones de las ciencias sociales). Social Trends Institute Nuevea York - Barcelona.

Están muy enamorados, cualquiera puede verlo. En la escuela y cuando salen con sus amigos, siempre buscan estar juntos. Presumen su amor. Pero si él o ella coquetea con otras personas, entonces se enojan, se insultan y pueden incluso abofetearse. La reconciliación es lo mejor. Pellizcos en los cachetes, leves nalgadas o palmaditas en la nuca o espalda. Y las palabras de siempre: "no pasa nada. A ti es a quien quiero", y asunto arreglado. Tan recurrente es la escena que ambos se acostumbran. Con algunas variantes, así nace la violencia en el noviazgo. Si se permite, del reclamo se pasa al insulto; del insulto a los golpes; de los golpes al sometimiento y de éste a la violencia sexual.

Las conductas violentas en las relaciones de pareja no formales no son percibidas como tales ni por las víctimas ni por los agresores, pues generalmente se confunden maltrato y ofensas con amor e interés por la pareja. A partir de los 15 años y hasta antes del matrimonio, los adolescentes y jóvenes comienzan a aprender y ensayar nuevas formas de comportamiento acordes con su creciente libertad e independencia de la familia de origen, para adoptarlas en su vida futura. Georgina Zárate, sicoanalista y académica de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, afirma que es imposible pensar una relación amorosa sin una dosis de sentimiento hostil, porque así nos enseñaron desde la infancia: "Un buen día --explica-- nos damos cuenta que mamá, papá, o ambos, no nada más nos tratan amorosamente, sino que también nos regañan, nos pegan, nos gritan, se enojan, nos amenazan con la pérdida de su amor. Y eso se reproduce, de algún modo, en relaciones posteriores que son, todas, ambivalentes, con sus dosis de amor y de odio."

De acuerdo con el Instituto de las Mujeres del Distrito Federal, los tipos de violencia en el noviazgo son física, verbal, psicoemocional, económica y sexual, que no son excluyentes entre sí. Las consecuencias en la persona agredida son depresión, baja autoestima, aislamiento, fracaso escolar y bajo rendimiento laboral. Pero es tan cotidiana esta violencia que no es fácil detectar su trascendencia social, y es esta invisibilidad uno de los factores que desencadenan la violencia intrafamiliar. Georgina Zárate afirma que en la adolescencia está presente un mecanismo sicológico que favorece relacionarse de manera agresiva: "Es más fácil para los chavos acercarse al otro con actitudes violentas. Si observas en una secundaria, chavas y chavos se pegan entre sí constantemente, como si fuera un juego, porque para ellos es más fácil tocarse golpeándose que tocarse amorosamente; lo que quieren es acariciarse porque andan cachondos, pero como no se atreven a reconocer sus deseos, porque eso les causa bronca, entonces la forma de hacerlo es por medio del golpe."

El maltrato a la pareja puede ocurrir en cualquier momento, desde la primera salida juntos o hasta transcurridos varios años de relación, pero su diferencia ante otros tipos de violencia es el proceso de socialización y adquisición de roles de género en los adolescentes, mismos que determinan el dominio como comportamiento masculino y la sumisión como femenino, sumados a la idealización del "amor romántico" que todo lo puede superar y todo lo perdona, así como por el carácter informal y efímero de la relación. Y aunque tales patrones de conducta sean parecidos a los identificados en parejas formales, no es frecuente que el noviazgo presente niveles de maltrato físico similares a los del matrimonio o relaciones equivalentes; es decir, entre novios los golpes no son la manifestación ordinaria de la violencia, pero en el ámbito del "juego" son comunes, y eso lleva a que su gravedad parezca mínima.

Esta "normalización" de la violencia en los patrones de convivencia es el origen del maltrato. "El papá le pega a los hijos y les dice: 'si te pego es porque te quiero'. Y eso se introyecta, se asume y se reproduce", asegura Georgina. Zárate Por su parte, Daniel Ramírez, asistente del Proyecto de Jóvenes de APIS Fundación para la Equidad, A.C., señala que el problema tiene que ver con la educación, pues "a los hombres se nos ha dado un poder mayúsculo por encima de las mujeres, y seguramente por eso todas las relaciones están impregnadas de algún tipo de violencia." Agrega que hay actitudes que muchas veces no se identifican como violencia, pero que crean un malestar y no queda claro por qué. Por ello, dice, la violencia se ha redimensionado para abarcar aquellas actitudes que no tienen que ver con jaloneos y golpes, pero que de todos modos causan algún tipo de daño; por ejemplo, los actos dirigidos a vigilar, perseguir, humillar y manipular al otro u otra.

Violencia en escalada
En 1998 la Organización Mundial de la Salud (OMS) dio a conocer que 30 por ciento de las estudiantes universitarias han reportado algún tipo de violencia en sus relaciones de pareja, y que las agresiones verbales se convierten en agresiones físicas con el tiempo y son un elemento que predispone a la violencia familiar. En México no hay datos oficiales sobre la violencia en esta etapa de la vida, pero sí en los hogares: uno de cada tres, en el Distrito Federal, registra algún tipo de violencia, según la Encuesta sobre Violencia Intrafamiliar del INEGI.
Ana Laura Rosas, responsable del Proyecto de Juventud del Colectivo de Hombres por Relaciones Igualitarias, A.C. (Coriac) y terapeuta con ocho años de experiencia en trabajo con mujeres violadas, sostiene que en el noviazgo "pocas veces hay golpes, lo que hay son jaloneos, empujones y violencia emocional, verbal y económica. No hay golpes como ocurre en estas relaciones cinco años después, pues la violencia va en escalada". Es decir, de niveles bajos de agresión, como serían los insultos, se pasa a los golpes o a la violencia sexual. La violencia verbal, añade, es algo normal entre jóvenes, y aunque para ellos no resulte ofensivo, facilita el avance a niveles más altos de agresión, a una diferenciación cada vez más tenue entre el respeto y la ofensa. "Estamos acercándonos al maltrato y no podemos percibirlo, pues si ya es natural y cariñoso usar palabras que antes eran una grosería, entonces ¿qué es lo que ahora nos va a ofender, si todo el tiempo nos insultamos y nos empujamos?, cuando lo hagamos enojados ¿cómo lo interpreto? Por eso ellos y ellas no saben diferenciar ni detectar cuándo ejercen o sufren violencia."
El matrimonio da a los hijos el contexto de seguridad, protección y alimento emocional que ellos necesitan para crecer y ser felices.
Los hijos necesitan no sólo padres casados sino que vivan un buen matrimonio.

Como lo explica la Dra. Judith P. Siegel, la relación de los padres es para los hijos el modelo de todas sus relaciones de intimidad. (Judith P. Siegel, “Lo que los niños aprenden del matrimonio de sus padres”, Traducción Ángela García, Ed. Norma, 206). Los hijos reciben seguridad cuando ven a sus padres y madres respetarse y ser respetadas  por su cónyuge, o por el contrario, se llenen de miedo y desconfianza ante el amor cuando conviven con padres que no logran amarse y respetarse. Por eso la Iglesia enseña que es responsabilidad de los padres no sólo transmitir la vida sino también crear el contexto donde la familia sea una verdadera escuela de amor; donde los hijos crezcan en su vida espiritual, moral y sobrenatural (CIC 1652-1657).
De los padres aprendemos:
  •     El modelo de matrimonio de nuestros  padres puede influir en nuestra escogencia de pareja.
  •     La relación de nuestros padres se refleja en gran medida en el tipo de problemas que experimentamos en la edad adulta.
  •     El matrimonio de nuestros padres es el parámetro del cual aprendemos el rol que le adjudicamos al varón y la mujer dentro del matrimonio, así como las expectativas que tenemos de nuestra pareja. (Véase,  Las marcas de nuestros padres y nuestra cultura)

Por todo esto es claro que sus hijos bien merecen todo el esfuerzo por crecer y mejorar sus relaciones matrimoniales. Esto no excluye que, en casos extremos y después de agotar todos los recursos algunas parejas se vean forzadas a optar por la separación, precisamente para evitar mayor daño a los hijos. Con todo, son muchos más los matrimonios que con esfuerzo y fe pueden mejorarse.

Igualmente, estos datos sobre la importancia de los padres y de su matrimonio para la vida de los hijos debe hacer que los padres hispanos consideren los grandes dolores y perjuicios que migrar sin ellos puede causar en los hijos. Ciertamente la pobreza y el deseo de ofrecer a los hijos un mejor futuro es una buena razón para migrar. Pero a veces, los beneficios que el bienestar económico puede darles no se comparan con los daños emocionales y morales que sufren los hijos cuando se ven “separados” de sus padres. Aunque queden en manos de personas que los quieren y los cuidan, casi todos los niños cuyos dos padres emigraron cuando ellos eran pequeños, muestran en su adolescencia y edad madura los síntomas emocionales de quien fue abandonado.