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El amor, atravesando el tiempo, conoce ciertas transformaciones. Como el hombre que nace, crece, madura y envejece, así también el amor


Por: P. Antonio Rivero, L.C. | Fuente: Catholic.net




Cuando se habla de estaciones en el matrimonio se habla de las etapas de la evolución en el amor, es decir, del crecimiento en el amor.

Cuando nos ponemos a reflexionar sobre el amor, existe siempre un peligro: la idealización, tratándolo como si fuese una especie de ensueño, un cierto mito. Tal actitud no sirve de nada. El amor es una realidad, no un sueño. El amor no debe ser soñado, sino vivido. Y la vida es crecimiento. Y este crecimiento se realiza en el tiempo. Y en el tiempo hay primavera, verano, otoño e invierno. Cada estación es necesaria para la maduración en el amor, para el crecimiento en el amor. El amor que no crece, se estanca. Y el agua estancada es nido de bichos, insectos y microbios, y quien bebe esa agua y se acerca a ese estanque sufrirá de paludismo, de disentería, malaria o cólera.

El amor requiere, pues, del tiempo para crecer y desarrollarse. Requiere de las estaciones para sembrar, regar, crecer, limpiar, madurar, cosechar y disfrutar de la cosecha. Si no, el amor muere, se agosta, se seca.

El amor, atravesando el tiempo, conoce ciertas transformaciones. Como el hombre que nace, crece, madura y envejece, así también el amor. Los esposos, por mucho que se amen, no se amarán siempre de la misma manera. Existen avances y retrocesos, momentos de calma y época de crisis. Esto obliga a los cónyuges a vivir en estado de alerta, para no irse a pique en esos momentos críticos.

I. PRIMAVERA MATRIMONIAL (aurora)

¿Cuáles son los síntomas de la estación primaveral? Los árboles comienzan a florecer, los pájaros a cantar, el sol alegra nuestro día. La primavera nos ofrece mañanas suaves, mediodías de ensueño, tardes apacibles y noches refrescantes, serenas, y claras. La luna brilla llena en el claro cielo primaveral, casi sin estrellas. La primavera es la estación siempre deseada, después de un invierno tal vez crudo e implacable. La primavera la sangre altera. En la primavera todo es ensueño, alegría, felicidad y proyectos de siembra. Las plantas exuberantes, húmedas y rizadas.

Azorín describe así la primavera: “Un almendro en flor solo, en un barranco rojizo. Arriba, el cielo azul. Tintineo de un rebaño lejano. Son de una fuente. Olor a romero y espliego. Sombras azules. Voz de una canción que se apaga con la tarde. Allá en lo alto de la montaña, de noche, la lucecita de una hoguera” (En su libro “Un pueblecito”, Riofrío de Ávila).

Es el amor fresco, todavía inmaduro, lleno de rocío, de ilusiones, entusiasmos de los primeros años de matrimonio. Es un amor todavía hecho capullo que no ha abierto su flor. Es un amor de ensueño, de belleza. Es un amor que no ha recibido todavía los soles fuertes del verano, ni el granizo ni tempestades del otroño, ni las heladas del invierno. Es un amor tierno, no fortalecido todavía. Es un amor de descubrimiento: en esos primeros años ambos, el esposo y la esposa, descubren juntos un universo nuevo, con la ternura propia del comienzo, hermosa, sin duda, pero quizá demasiado fácil. En la primavera del matrimonio el amor está apenas estrenándose, la ternura en gestos y palabras está abriéndose camino...no ha tenido tiempo de contaminarse ni de ser rehusada, ni violada.

¿Cuáles serían, entonces, las características de la primavera matrimonial?

1. Es verdad, que los primeros años de matrimonio deben ser años de primavera, donde comienza a florecer el amor. El árbol matrimonial comienza a echar su flor olorosa y perfumada, como la flor del almendro o del azahar. Vienen los primeros hijos y se oyen las melodías por toda la casa. Todo se llena de sonrisas y de gorjeo.

2. Ambos comienzan a conjugar el pronombre “nosotros”. Antes era el “tú y el yo”. Ahora brota de los labios el “nosotros”: “Que te parece si vamos, si hacemos, si viajamos, si caminamos, si compramos...”. Es la estación de los sueños compartidos, de los proyectos compartidos.

3. Se van comunicando la ternura mutua, esa tendencia a acercarnos al estado anímico del otro, y no sólo al cuerpo del otro. La ternura es altruista, es ese deseo de comprensión, de compasión y aceptación del otro. Esa ternura se manifiesta en un mirar, en una sonrisa, en una lágrima, en una caricia, en una forma de apartar el cabello. En la ternura el alma utiliza el cuerpo, pero sin apegarse y diluirse en él.

4. Los primeros meses de matrimonio son una época de euforia amorosa. Los corazones, llenos de efervescencia, se buscan y se completan. Los conflictos son mínimos; los hábitos, que darán lugar más tarde a la peligrosa rutina, todavía no están constituidos. El amor es nuevo y está intacto. Surgen, claro está, algunos malentendidos aquí o allí, pero apenas esbozados se superan de inmediato. Se está demasiado ocupado en edificar el futuro, el porvenir, que aparece ahora como el nuevo presente: la casa común, el círculo de amigos común; después, tarea la más preciosa de todas, el recién nacido, fruto del amor, que lanza a los jóvenes esposos a una esperanza nueva, maravillosamente fascinadora. Recién salidos de la esperanza en que se vivía el noviazgo, se vuelve a ella por la fecundidad de la unión. El amor, en esta fase, es fácil y generoso.

5. Ya desde la primavera matrimonial vendrá la primera crisis de la desilusión, que aparece entre el segundo y el tercer año de matrimonio. Los meses, poco a poco, han hecho que el matrimonio se vaya encauzando. Y el descubrimiento, que al principio era sólo alegría, comienza poco a poco a desvelar lo que no había podido aparecer antes. En el noviazgo somos presa de la ilusión: se cree que todo será color de rosa. No se ha experimentado la convivencia diaria, los roces diarios, los defectos diarios. En el noviazgo sólo se ven las rosas; nunca las espinas. Éstas se comenzarán a ver ya en el matrimonio, en medio de la convivencia diaria. En el noviazgo el amor viene visto en un espejo deformado, que me hace más grande y mejor de lo que es en realidad. Se había construido una imagen ideal, no real.

Con esta experiencia se va entrando ya en el verano del matrimonio. Ya hace calor, vienen los soles de la dificultad, se suda en el trabajo de la casa, en el cuidado de los niños. La familia del otro cónyuge también pesa en mi familia. ¡Cuesta!

Consejos que les doy para vivir esta primavera matrimonial:

1. Comenzar el matrimonio con esta decisión: “Quiero hacerte feliz”. Y no: “Quiero que me hagas feliz”. Sólo así el amor tendrá un valor moral que inundará la vida cotidiana a pesar de la monotonía y sus erosiones.

2. Comenzar el matrimonio con esta certeza: “Nadie puede ser para mí todo”; sí puede ser casi todo, pero nunca la plenitud definitiva. ¿Por qué? Porque el hombre es un ser referencial; no es ni causa ni origen de su término; es camino hacia algo. Por eso nadie está capacitado para llenar y por siempre a alguien. Se necesita una referencia superior. Lo otro sería crear demasiadas expectativas, error que sucede con bastante frecuencia y que indica un escaso conocimiento del hombre y de uno mismo. Sólo así superaremos la crisis de la desilusión. No se debe decir nunca: ”Tú eres todo para mí”; sino más bien: “Construyamos juntos nuestros matrimonio para ir logrando la plenitud del amor”. Esta plenitud no se logra en los primeros años. Es un fruto que se consigue.

3. Comenzar el matrimonio con este desafío y tarea: “El amor conyugal se protege y afianza con la virtud”. La virtud es hábito bueno. Y lograr las virtudes, cuesta. Sólo así la vida afectiva y sexual estará bien orientada, será estable, firme y tendrá raíces fuertes. De lo contrario, la sexualidad y la afectividad desembocarán en un desenfreno, que en poco tiempo será fuente de amargas decepciones.

4. Comenzar el matrimonio dosificando el tarro de las esencias de la ternura. No destaparlo todo de golpe, porque empalagaría. Ternura es delicadeza, exquisitez, finura, elegancia, suavidad, cortesía. Ternura es benevolencia, abnegación, renuncia, dulzura, amabilidad. Si faltase esta ternura en los primeros años de matrimonio, ese matrimonio puede caer en una gran enfermedad: la rutina; y la rutina desemboca en la desilusión. Cuando hay rutina, hay apatía, dejadez, despreocupación por afinar y mejorar el trato. La ternura que espera la mujer del hombre es recia y suave a la vez; fuerte y tersa. Con esos materiales hay que edificar el cariño diario.

5. Comenzar el matrimonio con esta consigna: “No confundamos el amor y el sexo”. Si se confunden, se está firmando el acta de defunción de esa relación amorosa. El auténtico amor y esa relación terminan por agotarse. Por eso, hay que llenar el amor con valores humanos, espiritualidad. Sólo así esa relación amorosa será humana, digna y hermosa.

II. VERANO MATRIMONIAL (mediodía)

Así lo describe León Tolstoi: “Gran sequía y calor asfixiante. El sol se pone en el horizonte entre una neblina rojiza. Únicamente el rocío de la noche refrescaba la tierra. El trigo que no ha sido segado se seca y cae el grano. Los pantanos se secan, el ganado muere de hambre sin encontrar pastos en los prados requemados por el sol. Tan sólo por las noches y en los bosques se siente algo de frescor mientras están humedecidos por el rocío. A veces, uno se ahoga en el polvo caliente, sofocante, que la noche no ha refrescado. Y ese polvo se mete en los ojos, en los cabellos, en las narices y, sobre todo, en los pulmones de los hombres y animales. Cuanto más se eleva el sol, más se levanta aquella transparente nube de polvo fino y ardiente. El sol parece una enorme esfera de color carmesí. No corre un solo soplo de viento y los hombres se ahogan en aquella atmósfera inmóvil. En estos veranos hay que ir con las narices y las bocas tapadas con pañuelos. Y cuando se llegue a casa, hay que arrojarse sobre los pozos y pegarse por obtener agua y beberla hasta llegar al cieno” (Guerra y Paz, parte X, cap, 5).

Y Azorín describe el verano con estas palabras: “Desde una altura, una inmensa extensión de mar azul y una costa lejana. Haz luminoso de faro que pasa y torna esplendente la noche. Trajes femeninos ligeros y olorosos. Ventanilla abierta en el tren. Paseo lento durante el ocaso”.

El verano también tiene su encanto. De la tierra seca, caldeada por el sol, se exhalan los aromas del romero, del tomillo y de la hierba seca.

También en verano puede venir una tormenta. Sobre el horizonte asoma su hombro negro una nube redonda, torva, maléfica, mágica, y con ella un extraño dramatismo en el paisaje. De repente entra en el umbral una tolvanera que enciende la tiniebla con innumerables lucecitas áreas. Poco después, otra ráfaga y otra. Caen unas gotas gruesas que estallan sobre el polvo del camino. Las gotas menudean, y un trueno gigante retumba. La nube cubre el horizonte. Llega a la carrera, un galope triunfal, como si dentro de ella un dios bárbaro viajase. Llueve. El chubasco arrecia. Otro trueno parece machacar las vegas. Un rayo da su latigazo a los caballos aéreos de la nube. La tolvanera no deja ver nada, y súbitamente entra una bocanada de sentimientos, emociones que buscan recaudo en el zaguán.

¿Cuáles serían, pues, las características del verano matrimonial, del amor en el verano matrimonial?

1. Es la época en la cual el matrimonio se constituye realmente. Se abdica de los sueños, se desvela la verdadera cara de ambos, se conocen cuerpo y alma; la vida en común deja de ser una cohabitación eufórica para convertirse en una cotidianidad terriblemente exigente. Se establece entonces el ritmo del verdadero amor. Donde sólo había un entusiasmo impetuoso, aparece un esfuerzo constante. Menos arrobamientos y éxtasis, y más paciencia recíproca. Comienza la juventud y la madurez del amor.

2. El amor se ha cristalizado en la realidad cotidiana. El tiempo eliminó del amor su esperanza onírica (sueños) y así forjarlo con total solidez. Hacia el quinto año, el matrimonio entra en posesión de sí mismo. Los salientes se han rebajado, la fase de adaptación terminó; hay un mutuo conocimiento que impide mayores roces. Ya están presentes los hijos, dando sentido al hogar; en esta época el amor se instala definitivamente. Es un amor acrisolado por el tiempo y listo para resistir el futuro y fortalecerse día a día.

3. Suavemente, los esposos consolidan su unidad en la vida en común, tan sencilla que llega a parecer trivial, cuando la verdad es que consiste en una dura victoria sobre lo cotidiano.

3. Como todo lo que es joven, este amor de verano crece, madura, se robustece y adquiere fuerza, pasea sobre el mundo y sobre el tiempo una esperanza soberbia, una terca voluntad de felicidad. Hombre y mujer están en estado de encuentro; su presencia es constante en esta etapa. Quizás sea éste el momento más sabroso del amor.

4. Sin embargo, no todo ocurre sin peligros. Si yo se superó la primera crisis de la primavera, la de la desilusión, entonces viene ahora la segunda: la crisis del silencio. Si el marido y mujer, en vez de avanzar uno en dirección al otro, superando las decepciones inevitables que surgen en el transcurso de los primeros años, se atrincheran en el silencio y en el conformismo, entran, más o menos en esta época, en una etapa decisiva. Si el demonio mudo se apodera de ellos, conjugando sus esfuerzos con los estragos del tiempo, caen ambos en una especie de letargo.

5. Si sólo hubiese silencio, ya sería algo grave; pero si a esto se agrega el paso de los años, se apodera del amor un cierto entumecimiento. La pareja vive, entonces, en retroceso, sin crecer, sin un ritmo seguro, sin dinamismo; pierde su juventud y comienza a esclerotizarse. Todo lo que está sujeto a la prueba del tiempo corre el riesgo de la esclerosis. Cuando un matrimonio sucumbe a este riesgo, cuando se congela en el silencio, dejando pasar los meses en un aislamiento recíproco, se encuentra en peligro de muerte.

6. Vencer al tiempo, y a esta segunda crisis, es indispensable para que sobreviva el amor. Esta fase segunda, crítica por excelencia, es la piedra de toque de la durabilidad de la unión. Una vez vencida, da paso a la tercera estación, al tercer momento, el de mayor felicidad: el amor de madurez; pero, si el tiempo victorioso envuelve al matrimonio en el silencio, ambos avanzan en dirección a la crisis de la madurez.

III. OTOÑO MATRIMONIAL (crepúsculo)

Azorín lo describe así: “Cimas de cipreses que dobla el viento. Rosas pálidas. Campanas que plañen. Una alameda alfombrada de hojas amarillas. Olor de frutas navideñas en una cámara campesina. Una tos, unos ojos ardorosos y unas manos pálidas y finas. Pétalos de rosa que caen. El tictac de un reloj en el crepúsculo. Un mueble ha crujido...”.

En el otoño hay vientos, lluvias. Los vientos se llevan las hojas secas de los árboles. Las lluvias refrescan y alegran la tierra seca. El otoño tiene su encanto y su melancolía. El crepusculo nos ofrece un panorama ocre y encendido, que serena el espíritu.

¿Cómo es el otoño matrimonial?

1. Es un amor nostálgico. Se han acumulado una quincena o más de años. Es un amor que vive del pasado, recordando los momentos pasados, sean agradables o desagradables, recordando la infancia y la juventud del amor, la primera y la segunda crisis. Si el matrimonio logra vencerla, se puede creer que está definitivamente consolidado. El tiempo se torna, ahora, un precioso aliado.

2. En el otoño del matrimonio la luz ya no luce fuerte e intensa. Es más bien, una luz ténue y pálida. Los esposos quizás hayan perdido el brillo de la juventud, pero han adquirido la profunda apertura de la madurez. Plenamente hombre y plenamente mujer, ambos han llegado a la cumbre de la virilidad y de la feminidad, respectivamente. Aunque las fuerzas naturales están menguadas, sin embargo, el amor se ha hecho fuerte, purificado de toda vacilación, de todas las antiguas tergiversaciones, y sus raíces son tan profundas en el tiempo que el hogar no podría ser turbado por ninguna oscilación. Es la hora de la madurez en el amor. Se han caído las hojas secas del egoísmo y del sentimentalismo inmaduro. Y van quedando raíces sólidas y resistentes.

3. El matrimonio aquí está en la mitad de la vida. Son los años más hermosos de la vida conyugal, en los cuales la felicidad es tan grande, y está tan bien integrada en lo cotidiano, que se desarrolla sin que nos apercibamos siquiera de ello. En la primavera matrimonial se hablaba de felicidad, se hablaba de planes y proyectos. Aquí, en el otoño matrimonial se es feliz, simplemente. La felicidad, el amor y la vida se han vuelto una sola y misma cosa.

4. Ese matrimonio pasa de la estación de la fuerza, la rapidez, el aguante y el logro a la estación en que maduran otra clase de virtudes: la sabiduría, la capacidad de juicio, la magnanimidad, la compasión sin sensiblería, la amplitud de miras y el sentido trágico de la vida, pero aceptado con serenidad y tranquilidad, sin aspavientos.

5. Si no se han superado las dos anteriores crisis (desilusión, silencio), es probable que choque, hacia los quince años o veinte de vida en común, con una tercera crisis, con frecuencia fatal, la de la indiferencia. Ha pasado el tiempo y ha paralizado el amor, e incluso lo ha matado. Al principio apareció la desilusión (primera crisis), después los primeros conflictos de envergadura; un poco más tarde, el silencio y el conformismo (segunda crisis): el amor se transformó en hábito, el hábito en rutina, la rutina, por fin en indiferencia (tercera crisis). Se vive junto al otro, pero los corazones ya no están en contacto. Los cuerpos se estrechan todavía, pero la unión ha perdido su significado. La vida en común no es más que una apariencia que se mantiene, sea por obligación -puesto que están los hijos-, sea por conveniencia, puesto que las reglas sociales lo disponen así. Pero la unidad está rota: de dos en uno que eran al comienzo, se ha pasado, a través del tiempo, al renacimiento de dos individualidades, unidas por vínculos exteriores y por papeles, pero desligados sus corazones.

6. Es una hora fatídica, ya que, rodeados por la indiferencia, los esposos recobran entonces su disponibilidad afectiva. Cuando el amor no existe más, siempre hay lugar para un nuevo amor, tanto más seductor cuanto que, habiendo sido el primero un fracaso, se apega uno desesperadamente a esta segunda promesa, que quizás sea la última posibilidad. Entonces, el matrimonio se separa, se instala la infidelidad, la vida común se transforma en un infierno, y se consuma la ruptura. En esta desdichada hipótesis, el tiempo ha triunfado sobre el amor. Los años han gastado los corazones, en vez de fundirlos en un amor mayor.

7. Resulta indispensable evitar este fracaso, que proviene del tedio. Para lograrlo, el matrimonio tiene que quebrar la rutina que le domina. Todo lo que es habitual termina por engendrar la indiferencia. También es necesario que marido y mujer se concedan momentos privilegiados en los que romper la monotonía inevitablemente acarreada por el tiempo. Uno termina por cansarse de todo, incluso del otro, aun cuando haya sido amado apasionadamente. La presencia obligada, el idéntico marco familiar, el rutinario paso de los días, son todos factores determinantes de una posible saturación. De esto a la indiferencia sólo hay un paso.

8. Para evitar este desenlace y preservar la lozanía del amor, es indispensable saber practicar -con mesura y ponderación- el arte de la ausencia. Una ausencia excesiva no conviene al amor; pero siempre es bueno algo de ella, para apartar el peligro del tedio que la presencia constante trae consigo.

IV. INVIERNO MTRIMONIAL (ocaso)

El invierno se acerca, se sienta y abre su ancho zurrón de peregrino. Saca los vientos del sur. Los vientos del sur son cazadores de nubes; conocen sus guaridas y las obligan a salir, asustadas, y a huir. Los vientos corren delante y detrás de esas nubes. Esos vientos van azotando el ramaje de los árboles; y los mismos árboles zumban, se encorvan y gimen.

El invierno es desnudez y blancura. Desnudez, porque en invierno hay un desprendimiento de todo. Y blancura, por la nieve. Es la estación pacífica, por excelencia. Y la caída de la nieve es un símbolo de paz. Lo más simbólico de la nevada es su silenciosidad. El agua de la lluvia y más si ésta es fuerte, rumorea y a la veces alborota en el ramaje de los árboles, en las yerbas del pasto, en los charcos en que chapotea. La nevada, no. La nevada cae en silencio. La silenciosa nevada tiene un manto, a la vez de blancura, de nivelación, de allanamiento. Es como el alma del niño y la del anciano, silenciosas y allanadas. Y un campo todo nevado y de noche, a la luz de la luna que parece también de nieve...es cuando mejor se siente el sentido íntimo, enigmático, místico, de las estrellas.

Año de nieves, año de bienes -dice el refrán. Porque la nieve endurecida luego por la helada, es el caudal de agua para el agostadero del estío. ¡Ay del que al llegar al ardoroso estío de la vida, al agosto de las pasiones ardorosas, no conserva en el alma la blanca nieve de la infancia, de donde manan los surtidores de frescura fecundante. ¡Nieve de infancia, nieve de vejez también!

En el invierno hace frío. Frío por el viento. Frío por la nieve. Frío por las heladas.

Azorín así lo describe: “A prima noche, a través de los vidrios del escaparate, allá dentro en la trastienda, se ve la cabeza inclinada de un viejo. Se desgranan las sonoras campanadas de la catedral. En la callejuela suenan pasos. Campanitas en la madrugada. Silencio de la nieve que va cayendo”.

¿Cómo es el invierno matrimonial?

En las otras estaciones ese matrimonio sabía que era mortal; ahora, en el invierno, no sólo sabe que es mortal, sino que lo siente. Lo siente en su carne, como los soldados en el frente de batalla.

Aquí hay que encarar la polaridad clave que según el psicólogo Erikson es la de Intregación versus desesperación. Este matrimonio tiene que comprender su vida como un todo, dado que sólo así puede llegar a vivir su adultez matrimonial, su vejez, sin amargura ni desesperación. Y sólo así puede llegar a entenderse con la muerte.

Ese matrimonio tiene que ser consciente de su corrupción y hacer las paces con la existencia defectuosa y gastada, en cuanto a su organismo físico.

La vejez no debe ser vista como un enemigo.

En la vejez hay que vaciarse, pues vamos subiendo en peregrinación. Por eso, se pierde el pelo, la buena presencia, la salud, la memoria, el dinero, los aplausos de ayer. Se pierden los seres queridos, a quien tanto amábamos. Vamos a la tumba. Y esto es doloroso y sangrante.

Pero el invierno es tiempo de CONTEMPLACIÓN, no como un ensimismamiento, sino como un recordar gozosamente lo vivido. Y es goce íntimo de lo vivido.

¿Qué características tiene el invierno matrimonial?

1. Ha llegado el momento de la menopausia y de la andropausia, no sólo en lo biológico. También afecta en lo psicológico. Si están fuertes, no hay problema; si no, la esposa, hasta entonces afectuosa y tierna, se hace una mujer fría, irritable e irritante. El hombre experimenta un declive en su virilidad. Pero, antes de que se produzca, se da una especie de llamarada que anticipa la llegada al punto muerto. Es lo que se ha convenido en denominar el demonio del mediodía. Así vemos a hombres de edad más que madura, hasta entonces buenos esposos, pasar por una extraña crisis durante la cual, olvidando su respetabilidad, se comportan como adolescentes, en este campo sexual. Es la última llama que brota de las cenizas antes de que la hoguera se apague en la vejez. Si el matrimonio, en el momento en que se produce este impulso, está minado por la crisis de la indiferencia, este período puede ser fatal. De pronto, se entera uno de que cierto marido que, según todas las apariencias, se conducía según las normas de un buen padre de familia, se ha permitido el lujo de dar un escándalo y destrozar su matrimonio. Es el triunfo del demonio del mediodía.

2. En cambio, si el matrimonio entra en esta fase con una armonía plena, vencerá fácilmente las dificultades inherentes a este momento de la evolución, y su unidad no estará comprometida para nada. Abordará entonces el estadio siguiente de su larga peregrinación amorosa a través del tiempo, y entrará en el reposo de una madurez recobrada: renacerá el amor.

3. En el invierno debe venir el milagro del renacimiento del amor. El tiempo ya ha avanzado mucho. La primera madurez ha sido ya superada, y más tarde, la época turbulenta de la menopausia y de la andropausia. El amor, triunfante, avanza sin percances y se encamina hacia un reposo lleno de ternura, de recíproco reconocimiento, de amistad definitiva. Es el crepúsculo del amor, el momento en que, antes de recorrer sus últimos años, el matrimonio disfruta de la unidad conquistada, de una armonía profunda y de una nueva paz. Los hijos han crecido, el tiempo ha pasado, las crisis han sido vencidas, el amor ha cristalizado definitivamente, las vidas se han fundido, se ha logrado la paz, y se tiene todavía una última juventud, antes de que se extinga la vida.

4. Es la hora de una felicidad pacífica, todavía vigorosa y que conoce hermosos impulsos, sin choques, pues se ha aprendido pacientemente a vivir juntos; sin conflictos, porque se sabe cómo llegar al encuentro del otro, y con un capital de ternura que se multiplica, porque se siente imperceptiblemente que el tiempo es breve, y que este amor, desde siempre eterno en su proyecto, está limitado, sin embargo, por los años que quedan. El tiempo, que no perdona, ofrece entonces a los cónyuges que han vivido felices su lucha, la inapreciable recompensa del renacimiento del amor. La vejez se convierte en el sello de eternidad sobre el amor ya vivido.

5. La muerte deja de ser un vacío y se torna una cumbre. Haberse amado hasta la muerte no es un privilegio, sino una victoria. Los que llegan son héroes de la existencia y del amor que se encuentran, en el ocaso, enlazados como en la aurora, más amantes que nunca, sabiendo que han sabido transformar en triunfo la esperanza de su juventud. Cuando el amor ha atravesado la existencia, deja solamente paz.

6. El amor aquí ya es caridad, que es la forma más perfecta del amor. La caridad es amor desinteresado, completamente gratuito. Ambos se dan la mano para vencer las últimas dificultades, para gozar de las últimas claridades del día. En la aurora de la vida -la primavera- era una audaz aspiración; aquí, en el ocaso de la existencia, es un reconocimiento infinito de esa conquista.

CONCLUSIÓN

¿Cuál de las cuatro estaciones es la mejor, la ideal?

Cada una tiene su encanto, su razón de ser. Por las cuatro tiene que pasar el amor, hasta llegar a su madurez.

En la primavera, el amor es tierno y suave. Es la aurora del amor.

En el verano, el amor es tostado por los soles de la vida y madura en frutos suculentos de comprensión, bondad, paciencia, respeto, ayuda mutua, sacrificio. Es el mediodía del amor.

En el otoño, el amor va desprendiéndose de todo, para vivir la experiencia del amor interior, en la soledad. Es un amor sereno, maduro. Se recoge la vendimia del amor: los racimos están ya maduros para ser triturados, convertirse en mosto y pasar por el invierno de la fermentación, para después ofrecer ese vino ya curado, reposado, oloroso. En el otoño se recoge lo que se sembró en la primavera y lo que se regó y escardó y se limpió en verano. Es el crepúsculo del amor.

En el invierno, el amor pasa necesariamente por la experiencia del desgaste corporal, de la enfermedad, pero el alma cobra en belleza, si se han superado las diversas crisis (desilusión, silencio, indiferencia). Aquí se disfruta de la victoria del amor y de sus frutos: paz, serenidad, gozo íntimo, donación.
El más profundo sueño de libertad, de comunicación, de singularidad, de amor, corre el riesgo de naufragar en medio de las adversidades o, simplemente, de marchitarse. En muchas parejas termina en el fracaso y la separación. En otras muchas, el fracaso es interior, pero no estalla en separación. ¿Cómo influyen la fe y la esperanza religiosa de las parejas comprometidas en la aventura del amor?



La experiencia cristiana aporta un repertorio de nuevas posibilidades. Pero hay algo básico, por pertenecer al orden creatural. Sin hablar de la sacramentalidad como elemento cristiano más significativo, es cierto que vivir la aventura del amor bajo la mirada de Dios abre nuevas oportunidades. Surgen del hecho de que Dios quiere la felicidad de sus hijos. El sueño de Dios coincide con los más hondos sueños de la pareja. Dios mismo está implicado en el logro de esa relación de amor. Está presente en la vida de los cónyuges. Si el Dios que «hace posible lo que parece imposible» está interesado en el éxito de cada relación conyugal, ello significa una nueva dinámica. Puede renacer el fuego del amor desde sus cenizas. El sueño profundo es siempre recuperable. No es menester renunciar a él. Dios quiere que seamos felices. Y la felicidad de la pareja reside en el desarrollo de una relación íntima, profunda, responsable. Dios los llama a persistir en la realización de ese proyecto de amor forjado durante el noviazgo y primeros años de matrimonio, que constituyen la experiencia fundante del matrimonio.

En el contexto del Dios-amor, la lucha humana por construir el amor de pareja descubre que no es un esfuerzo destinado al fracaso último. Lo sería en el caso de que la muerte fuera la separación definitiva y total de ese amor. Desde la perspectiva religiosa, el amor conyugal es iniciación y grito de resurrección: Te amo tanto que necesito que no te mueras para siempre. Te amo tanto que el Dios de la vida hará que nuestro amor sea más fuerte que la muerte.

Por su parte, el amor conyugal es una vía privilegiada de acceso a la experiencia de Dios. «Y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor» (1 Jn 4,7-8)

Fuente: http://encuentra.com/noviazgo_y_matrimonio/entender_el_noviazgo_y_el_matrimonio14860/
Estamos asistiendo a la desconexión entre lo institucional y lo personal en el matrimonio. En un tiempo prevalecía lo objetivo e institucional sobre la realización personal del amor. No quedaba apenas lugar para la innovación personal e individual. Todas las pautas estaban ya marcadas. No había nada que crear. Era cuestión de repetir y reproducir lo que ya habían hecho generaciones y generaciones anteriores. Lo social e institucional prevalecía sobre lo personal. 



Hoy la relación entre lo público y lo privado ha cambiado de signo. Se pone en primer plano lo personal y privado. Los españoles de los 90 ponen en primer lugar de su jerarquía los valores pertenecientes al ámbito de lo privado: la familia, los amigos, el trabajo. Los valores de carácter social e institucional, como son la política y la religión, pasan a segundo plano. Interesan menos. Gratifican y realizan menos.

En este contexto, es claro que el matrimonio tiende también a acentuar la dimensión privada del amor. El matrimonio pertenece a la vida privada. Cada uno lo vive como quiere, como puede y como sabe. Aun cuando sean todavía una minoría los que optan por el «amor libre», por la cohabitación u otras formas de relación, parece clara la tendencia. Y, sin embargo, es inevitable que el matrimonio, basado en la relación personal de amor, tenga que asumir rasgos de carácter público. La vida de la pareja no puede reducirse a lo privado. Tiende a incorporar la dimensión social de la convivencia, que es esencial a la realización personal. En esta incorporación se hacen inevitables las crisis. El sentimiento de amor tiene que verificarse como decisión de amar, escuchar, confiar, perdonar, volver a empezar…

Lo que parecía homogéneo en las primeras etapas se va revelando como diverso. «¡Somos tan diferentes!» es una de las constataciones más repetidas por las parejas. La complementariedad inicial se va vivenciando y sufriendo como diversidad. Y como dificultad de aceptación. El amor lo logra. Esto no es fácil. Los fracasos existen. Son numerosos. «Se ha dicho que en el fondo del corazón de todo hombre, hijo de Adán, duerme un cerdo… Pero hay también dormido —¿por qué lo olvidamos siempre?— un noble caballero. Eva, ¿a cuál de los dos desterrarás? Nunca dejas a un hombre tal como lo has encontrado; saldrá de tus manos mejor o peor. Si escoges despertar al caballero, ten cuidado con el otro. En cuanto a ti, Adán, no eres inocente. No te excuses demasiado deprisa: "la mujer que me diste me ha tentado". Pero, y tú, ¿qué has querido despertar en ella?

Fuente: http://bit.ly/1qbZGOc
« ¿Por qué me siento triste cuando pienso en las líneas paralelas que están siempre una al lado de otra y no se encuentran nunca?». Así se expresa Hélder Camara. Efectivamente, el sueño de unidad y de presencia mutua no se realiza automáticamente y por arte de magia. Tiene que verificarse superando dificultades profundas, paradigmas de comportamiento. 


Existen muchas fuerzas y estructuras modernas que impulsan a la pareja hacia la desunión. Hay demasiadas demandas a vivir vidas separados, es decir, como casados solteros. Están, en primer lugar, los roles asignados e interiorizados: el varón tiene unas funciones, y la mujer otras; el varón tiene unas actividades y responsabilidades, y la mujer otras. Se espera que el varón sea fuerte, y la mujer cariñosa y tierna; se espera que el hombre trabaje y traiga el dinero, y que la esposa atienda a la casa y eduque a los hijos. Las diversiones son diferentes para cada uno. Los trabajos profesionales introducen a cada uno en un mundo diverso de relaciones personales.


Se espera que el varón tome la iniciativa en la relación sexual, y que la mujer esté dispuesta a complacerle. Se han interiorizado unas ciertas expectativas y obligaciones con respecto a la frecuencia, gratificación y disfrute sexual.

La libertad y la autonomía personal se malentienden frecuentemente como independencia. Cada uno por su parte. Los roles asignados son fijos y paralizan la creatividad o la vitalidad. El guión de la vida del esposo y el de la esposa les vienen socialmente prescritos con más o menos rigidez: mis cosas, tus cosas; mis obligaciones, tus obligaciones; mi trabajo, tu trabajo; mis amigos, tus amigos; tu familia y la mía. Esta necesidad práctica de distribución de roles y tareas refuerza las actitudes de independencia. Termina encarcelando a cada esposo en su mundo y reduciendo al mínimo el mundo común. En este contexto, realizar el matrimonio como aventura de amor significa romper un cerco de esperas y expectativas sobre el otro. Significa relativizar y compartir los roles: el trabajo doméstico, la educación. Significa vivir el proceso del amor interpersonal de modo creativo y original. Cada uno necesita sentirse persona más allá de sus roles y funciones, más allá de las rígidas expectativas prescritas culturalmente. Los dos necesitan hacer cosas juntos, desarrollar intereses comunes. Y, sobre todo, vivir en actitud de comunión lo que es diverso.

Fuente: http://bit.ly/1qbZGOc
MA/ALIANZA: Es cierto que actualmente se está produciendo un cambio de mentalidad que tiene consecuencias y repercusiones de hondo calado. La vida conyugal se entiende como encuentro y relación personal, íntima y responsable entre un hombre y una mujer. El matrimonio se sueña como un proyecto de vida, no es sólo un estado de vida. Parte de una elección libre. Es un quehacer y un desarrollo continuo basado en la interacción recíproca. Con la boda comienza un tiempo de realización de las promesas. El amor de novios, emotivo y romántico, tiene que irse convirtiendo en amor conyugal, realista y racional. El «sí quiero» se despliega en el sí diario. La alianza de amor se muestra como permanente vocación de amor en la convivencia.


 MA/EXITO-CAUSAS: Actualmente, entre los elementos subjetivos que contribuyen al éxito matrimonial se enumeran los referentes al ajuste relacional, como son la fidelidad, el aprecio mutuo, la aceptación, la comprensión y la tolerancia. En el segundo lugar de la escala están los factores de la convivencia, como son el compartir los quehaceres domésticos, el tener gustos e intereses comunes, relación sexual feliz, independencia de la «familia política». Los componentes materiales e ideológicos, como son las creencias religiosas, las ideas políticas, los ingresos económicos adecuados, las buenas condiciones de vida, ocupan el último lugar de los factores subjetivos del logro de la felicidad conyugal .

En conjunto, pues, se exige más calidad humana a la vida matrimonial. La relación conyugal se especifica por la dimensión existencial y afectiva; está a merced de las decisiones libres y autónomas de cada persona. El éxito o el fracaso de la relación se mide por su capacidad para satisfacer las necesidades de cada persona. Por otra parte, las mismas investigaciones positivas de tipo sociológico muestran el avance de la mentalidad divorcista no sólo en números absolutos, sino también en cuanto a las razones que lo justifican. En favor del divorcio, además de los motivos duros, como son la violencia y la bebida, se aducen las razones de falta de amor mutuo, de infidelidad permanente y de insatisfactoria relación sexual.

Y es que, en efecto, con la boda solamente se intensifica el proceso del encuentro e interacción personal. El casamiento constituye un «estado de vida» en cuanto un punto de partida. Representa la culminación de un proceso de conocimiento y sintonización entre un hombre y una mujer. Es un «sí» en el que culmina una etapa de la vida personal y una historia de amor; pero es, sobre todo, un compromiso de caminar juntos y construir juntos el futuro común. Nada está garantizado. Todo está en movimiento. El estado de vida va configurando la aventura de amor. La nueva situación es más compleja. La relación se globaliza: concierne a la persona entera en la totalidad de su vida y actividad. La relación interpersonal se complica con alicientes externos e internos. El dinamismo difusivo del amor se encuentra con los conflictos, las discrepancias, la autoprotección, los cambios en la vida de cada persona. Y el amor inicial tiene que ser suficientemente robusto y arriesgado como para construir la relación de amor matrimonial a través de todo tipo de obstáculos.

Fuente: http://bit.ly/1qbZGOc
El noviazgo es también una aventura. Se emprende un camino nuevo que tiene gran atractivo y también notables riesgos. Implica dejar las seguridades de lo ya conocido y emprender un experimento hacia dentro de cada uno y hacia el otro. Te lleva a ir dejando la pandilla de amigos, la comodidad del hogar, las seguridades económicas y afectivas. Te pone en camino hacia la tierra prometida y te hace ejercitar la fe y la esperanza ante la novedad y libertad de la persona amada.


El enamoramiento incipiente implica el ejercicio del arte de la seducción. Cada uno muestra lo mejor de sí mismo. Muestra sus mejores encantos personales: su belleza, sus habilidades, su simpatía, su inteligencia. Pone en juego lo que considera más valioso y atractivo de su ser varón o de su ser mujer. Se llena de expectativas y deseos de caer bien al otro y responder a lo que imagina que el otro espera. Pero en el desarrollo de la relación los encantos de la seducción van dejando ver con más realismo los límites del amado o amada, sus luces y sus sombras. Van emergiendo y desarrollándose las mejores capacidades de cada uno: su generosidad, su amor, su entusiasmo… Se dan también los primeros tanteos en el arte de la dominación y de la posesión. Te quiero mía, te quiero a la medida de lo que a mí me gusta y yo necesito. Te quiero porque te necesito: me hace falta tu compañía, tu cariño, tu simpatía, tu seguridad, tus ganas de vivir, todo lo que tú me das…

Estas pretensiones, más o menos explícitas y conscientes, producen conflictos. Con alguna frecuencia estallan. Son bien conocidas las discusiones de los novios. Constituyen en realidad pruebas de fuerza. Están en el contexto de la pretensión de dominar al otro. En el origen de la relación matrimonial son inevitables los momentos de desierto. De la misma manera que en el desierto se va formando el pueblo de Dios como pueblo de la alianza, así en el tiempo del noviazgo se va formando la intimidad de la pareja y se va experimentando el «nosotros» en la complementariedad. Amar es un sentimiento. Pero es también una decisión aventurada. No se tienen todas las cartas en la mano. Entra en juego la libertad del otro. Una libertad siempre abierta y sorprendente. La irrenunciable tentación es querer cambiarlo para que se parezca a la imagen ideal que uno se ha hecho del otro. Para madurar hay que aceptar al otro tal como es, con sus decisiones, con su historia y su crecimiento personal; hay que pasar del «te amo porque te necesito» al «te necesito porque te amo».

Cientos de años atrás, en la Roma Clásica, las ceremonias nupciales duraban varios días y consistían de varios ritos distintos: en la víspera del día de la boda, la novia llevaba un cíngulo y un velo mientras le ofrecía los juguetes de su infancia a los dioses del hogar. Después llegaba la cena nupcial, en la que, tras más ceremonias, los novios quedaban unidos para el resto de sus vidas. En la India, incluso hoy en día, una boda incluye antiguos rituales para alejar a los malos espíritus. Luego se hacen los votos, y el padre o el hermano del novio arroja pétalos de flores sobre la pareja. O en China, por ejemplo, el color rojo es un invitado de honor a las bodas, pues simboliza amor, alegría y prosperidad. Muchos detalles nupciales, desde las tarjetas de invitación hasta las decoraciones de las casas de los novios, tienen este color.

Todo esto nos puede parecer un poco extraño, pero en realidad es lo natural. El matrimonio no es algo propio de Occidente y del Cristianismo solamente: es algo que es parte de la esencia misma del hombe, algo común a todos los tiempos, a todas las culturas y a todas las religiones. Por eso, con el paso del tiempo y en todos los rincones del mundo, es algo que se ha vivido de algún modo. Entonces, podemos preguntarnos, ¿por qué algo que en apariencia es tan “terrenal” como el matrimonio es reconocido como un sacramento por la Iglesia? ¿Por qué tiene una dignidad tan especial que el mismo Jesús quiso que fuera un sacramento?

Para entender esto, primero hay que entender mejor lo que son los sacramentos. Muchos recordaremos esa definición que se nos dio en nuestro Catecismo cuando éramos niños: “los sacramentos son signos sensibles instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia para darle gracias a los hombres.” Suele pasar que estas definiciones de diccionario son muy secas y no nos permiten ver todo lo que está detrás. Por ejemplo, definir un atardecer como el “último período de la tarde” no nos transmite la belleza de un sol anaranjado que se esconde tras las montañas, pintando a las nubes de mil tonos distintos, iluminando al mundo con una luz especial y llenando nuestros corazones de paz. Del mismo modo, decir simplemente que los sacramentos son signos no nos permite comprender la hermosa complejidad que yace en esa realidad.

La maravilla de los sacramentos es que son un puente que se extiende sobre el abismo infinito que separa a Dios y a los hombres, y que nos permite experimentar lo divino a través de nuestros cuerpos. Los sacramentos hacen que nosotros, que vivimos en los límites del espacio y del tiempo, seamos partícipes de lo eterno. Como seres humanos, somos cuerpo y alma. A veces se cree que la fe desprecia al cuerpo, y lo mira como algo inferior, incluso como un mal, como un obstáculo para nuestra relación con Dios. Pero Dios sabe que para que Él pueda comunicarse con nosotros, nuestro cuerpo es igual de necesario que nuestra alma. Por ello, en el Bautismo se moja nuestra frente con agua, se nos unge con aceite en la Confirmación y en la Unción de los Enfermos, en el Orden Sacerdotal se llevan a cabo la unción y la imposición de las manos, confesamos con nuestros labios y en voz alta nuestros pecados y se nos dicen las palabras de la absolución, y comemos y bebemos el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Eucaristía.

El matrimonio es una dinámica de entrega y de acogimiento total y absoluto. Los amantes se dan el uno al otro en todo lo que son, cuerpo y alma. Por el simple hecho de estar bautizados, el matrimonio de los amantes cristianos es un sacramento. Podríamos decir que hay dos líneas que podemos seguir para comprender mejor la sacramentalidad del matrimonio. Juan Pablo II habló extensamente de ellas en su Teología del Cuerpo; y ahora seguiremos el hilo de su pensamiento, aunque de una forma más sencilla, gracias a la claridad de uno de los mayores expertos de este tema, Cristopher West.

En primer lugar, el matrimonio es una imagen de la esencia misma de Dios. Dios, en la Santísima Trinidad, es una comunión de Personas. El Padre, desde toda la eternidad y para toda la eternidad, se entrega por completo al Hijo. El Hijo, que recibe el Don que es el Padre, se entrega a su vez totalmente a Él. El Amor entre ellos es tan profundo, pleno y verdadero, que es una persona eterna también: el Espíritu Santo. De la misma manera, el hombre está llamado a formar una comunión de amor entre personas. La dinámica de don y acogida entre el hombre y la mujer es tan profunda y real que se traduce en un nuevo y único “nosotros”, en esa “sola carne” que forman los esposos. Y así como en Dios el Amor se refleja en su Creación, los esposos se pueden convertir en co-creadores de un nuevo ser: un hijo.

Por otra parte, el matrimonio también es un símbolo del amor entre Cristo y su Esposa, la Iglesia. Al estar bautizados, los cristianos adquieren un compromiso con Cristo para toda la vida, y la unión entre Cristo y los miembros de su Iglesia se ve realizada de una manera más plena en la Eucaristía. De cierto modo, se podría decir que la Comunión es la consumación de matrimonio místico entre Cristo y la Iglesia. La vivencia de los votos matrimoniales durante toda la vida, y de un modo particular en el acto sexual, cuando los esposos se unen con más plenitud en una sola carne, constituyen un signo vivo y eficaz del amor entre Cristo y la Iglesia, y una participación real y profunda en él.

Por eso el matrimonio es un sacramento, y por eso es tan especial y maravilloso. De todos las maneras que Dios tiene para revelar su vida y su amor, es el matrimonio (consumado en el acto sexual) una de las más fundamentales. El matrimonio nos permite una comprensión particular del amor de Cristo. Es, parafraseando a West, una revelación primordial en el mundo de lo creado del misterio eterno de Dios. 

-Santiago Abella.
Una relación saludable se debe basar en el respeto mutuo. Las personas que se respetan sienten orgullo por el otro. Se aceptan y gustan como son en realidad. Además, escuchan y valoran las ideas y opiniones de cada uno.

Pregúntate si existe el respeto entre tú y tu pareja.

  • Normalmente, ¿escuchan las ideas y opiniones de cada uno?
  • ¿Se tratan como amigos?
  • ¿Sienten orgullo por el otro?
  •  
Si respondiste afirmativamente a estas preguntas, es probable que tu relación se base en el respeto, lo que es un buen signo para ti y la salud de tu relación.
Sin respeto, las relaciones pueden ser dolorosas. Muchos pensamos que sólo con una bofetada o un golpe se puede lastimar a otro. Sin embargo, los insultos y las palabras hirientes también causan dolor y pueden destruir nuestra autoestima, cómo nos sentimos con nosotros mismos.


Tu pareja…

  • ¿Te hace sentir que eres una persona desagradable, estúpida o insegura de sí misma?
  • ¿Te dice que nunca hubiera logrado nada sin tu ayuda?
  • ¿Te dice que estás loco o que eres un estúpido?
  • ¿Te ignora o se burla de tus sentimientos o ideas?
  • ¿Desprecia tu raza, familia, cultura, religión, ingresos o vecindario?
  •  
Si respondiste afirmativamente a algunas de estas preguntas, es posible que sientas que tu pareja no te respeta.
¡Cuántas personas de repente se dan cuenta, quizás en una edad avanzada, que no han vivido, que no han sido ellos los protagonistas de su existencia. Hay, quienes pasan la vida ‘semiviviendo’ y hay también quienes no dejan vivir a los demás, atormentando a otros con un sinfín de reglas, controles y mandatos que ahogan los ánimos y las ganas de vivir. Ya Tácito lo advirtió en la Roma clásica “Cuántas más leyes dé el Estado, peor gobernará”. Sólo el amor nos permite vivir la fe libre y alegremente, no se puede obligar a nadie, cuando un sistema reprime la libertad de conciencia impide mucho bien.

Es claro que la Redención no ha sido decretada y se apoya en el frágil depósito de la libertad, y si está ligada a la libertad, si no ha sido impuesta al hombre, por esas mismas razones es, hasta cierto punto, destruible, como diría Benedicto XVI. La libertad es un riesgo, como el amor. Si queremos vivir a la altura no podemos renunciar a ninguno de ellos. El pecado no sólo consiste en hacer el mal, también en omitir el bien, en no actuar y no vivir por miedo a equivocarse. Los hombres tenemos derecho a la libertad aunque cometamos errores.

Todos necesitamos la experiencia de ser incondicionalmente amados. Quien no tiene esa experiencia no ama. Y quien se siente tratado como un objeto, del mismo modo trata a los demás. Si ha sido explotado explota a los demás. Por esto, en un mundo tan desvalido como el nuestro, es urgente reconocer a Dios, pues de lo contrario se carece no sólo del amor de los hombres sino también del de Dios, así jamás recuperaremos la autoestima perdida. En un ambiente en que tenemos que ocultar asiduamente nuestras debilidades para no ser juzgados fríamente, sólo podemos relacionarnos superficialmente con los demás, todo lo que nos interesa, nos duele, nos quita el sueño, nos causa contrición o compasión, lo que nos enciende de alegría o de dolor, en fin todo lo que se encuentra en el fondo del alma se queda fuera de nuestras relaciones humanas, volviéndose cada día menos estimulantes y más artificiales. En cambio, donde reina la confianza, donde se respeta a los demás, nos sentimos todos valiosos y aceptados, no es necesario ni cerrarnos ni defendernos, podemos dejar de lado la armadura y abrir el corazón y así, participar a otros nuestra intimidad. Hay personas que engendran en torno a sí un ámbito de confianza. Es como si dieran alas a los demás. Cran grandes espacios vitales en los que todos pueden desenvolverse con gozosa iniciativa. El mundo se percibe más ancho, más amplio, la vida parece más bella. Así, el hombre puede dirigirse al despliegue de su libertad personal.

Fuente: Tomado de la obra de Jutta Burggraf. Edit. Rialp Madrid 5ª.Edición 2010
     La libertad se realiza mediante la voluntad, sobre la cual influyen a su modo el entendimiento, la afectividad y las situaciones externas, pero ¿cómo actúa la voluntad? Primero elijo algo que me parece un bien, me atrae, mueve la acción de entregarse, de amar. El amor es tendencia convertida en acción, la de entregarse al objeto amado. Así el amor se localiza al principio como apetito o tendencia y después como ejecución y todo en razón del bien, mostrado por la inteligencia sobre el objeto amado.
     La libertad se ejerce fundamentalmente en dos actos mediante los cuales tendemos a la felicidad; el amor y la elección veamos cada uno:
     FELICIDAD.- Todos queremos ser felices, que nuestras vidas se realicen de modo pleno y cabal, todos añoramos morirnos absolutamente satisfechos de haber vivido.
     ¡Quien ha nacido con alas debe usarlas para volar! Qué es la libertad sino la capacidad de cada uno de ser protagonista de su propia vida, cada quien tiene la capacidad de alumbrar algo nuevo, inédito, atribuible
sólo a él mismo. Estamos llamados a desarrollar nuestros talentos, a convertir nuestra existencia en algo grande. El mundo acabará siendo lo que hagamos de él y nuestra vida lo que hacemos de ella. Dios nos ha confiado un proyecto, si lo miramos, si tratamos de realizarlo no será difícil llenar de sentido nuestra existencia.

     A cada uno Dios nos ama con locura y es preciso descubrir ese amor en la propia vida, ese amor es nuestra ‘confianza originaria’ exactamente como la que un pequeño siente en el regazo de su madre. Dios nos crea por amor y para amar, y nos invita a vivir la vida con él, a compartir su intimidad y mantener con cada uno un diálogo. Mientras no seamos conscientes de ese amor de Dios por nosotros viviremos huérfanos vagabundeando. Vivir es sin duda un arte, pero ese arte consiste en saber descubrir nuestro auténtico rostro, el que Dios ha visto al crearnos, ese es nuestro yo más real e ideal. Ser hijos de Dios es nuestra identidad más profunda. Estamos llamados a ser muy del mundo y muy de Dios y a
Por: Blanca Mijares
El ser humano es una criatura compuesta por alma y cuerpo, posee una composición psíquica y material que significa un doble orden de operaciones “humanas”: orgánicas e inorgánicas, igualmente reales y estrechamente ligadas.
Para que se considere que una persona ha alcanzado la madurez necesaria para el matrimonio, requiere haber alcanzado un desarrollo armónico de su personalidad, integrando lo material en lo espiritual, es decir, su vida instintiva a su vida racional que es lo que más lo distingue como ser humano.
El ser humano esta estructuralmente abierto para el amor. Al haber sido creado por Dios Amor, a su imagen y semejanza, el ser humano está llamado a una relación interpersonal con el Todo Verdad, Belleza y Bondad. Es esta la razón de su insatisfacción existencial, de su deseo de querer más. Pero, sobre todo, de esa necesidad de querer saberse incondicional y eternamente amado. Es precisamente por esto, que se dice que el amor entre los esposos es el que se asemeja más al amor divino. Pues quienes se aman conyugalmente están dispuestos a asumir la vida del otro como propia de forma incondicional y con todas sus posibilidades de futuro. Es el amor más perfecto porque además, al haber sido libremente elegido es más perfectamente humano, al incluir la inteligencia y la voluntad de los cónyuges, al ser  propiedades espirituales.
Una visión un tanto científica acerca de las parejas....

Siempre nos hemos preguntado porque me atrae lo opuesto, porque siempre me enamoro de alguién que es de caracteres opuesto a los míos?, es una constante pregunta que aveces nos agobia y no entendemos el porque, nuestra pareja o la persona que elejimos para compartir nuestras vidas es diferente en muchos aspectos de las que nos hubiera gustado que fuera.

Pues parece que la respuesta radica en los genes, asi es una investigación científica realizadas a varias parejas casadas por años, indicó que hay muchas más posibilidades de tener diferencias en una parte del ADN y que gobierna el sistema inmune, y por el contrario en parejas temporales resaltó que hay mas similitudes de caracter.

Se puede decir con estos resultados que se trata de una estrategia de la evolución humana para garantizar la existencia de la especie con características saludables, porque según indicarón los científicos de la universidad de paraná Brasil, ya que la variabilidad genética es una ventaja para la descendencia.

Como era de suponer siempre hemos pensado que buscamos parejas que tengan similitudes a las nuestras, pero también se trata de una
reacción subconciente y que se encuentra en nuestros genes que busca tener hijos sanos. Aunque no está claro que señalas son las que hacen la elección pero podría ser olor corporal y la estructura de la cara.

Asi que no hagan muchos analisis porque están enamorados de alguién que es diferente a lo que ustedes estaban buscando, la sabia madre naturaleza trabaja para garantizar la existencia humana, sólo deben buscar que esos caracteres diferentes sean posibles de ser aceptados o sobrellevados, porque sino la convivencia en pareja será imposible.

Fuente: www.elamordepareja.com
Existen cientos de formas de decir “Te Amo” y aquí les presentare algunas de ellas.

10.- En Ingles = I love You

9.- Frances = Je t’aime

8.-Aleman = Ich liebe dich

Bodas de cuento de hadas creo que muchos y muchas sobretodo las imaginan, por eso no es de extrañar que existan empresas dedicadas a crear la mejor ceremonia que nos podamos imaginar para nuestra boda eligiendo los lugares más originales que nos podamos imaginar y así creando bodas originales.

1. En un Castillo: Como de cuento de hadas, recientemente se esta convirtiendo en moda de millonarios y celebridades el realizar bodas en castillos, Alemania, Suiza, Dinamarca, Francia e Inglaterra los destinos favoritos de las parejas que deciden tener una boda de cuento de Hadas en un castillo.

2. En un hotel de hielo: Se imaginan casarse en un hotel puramente hecho de hielo?… Bueno pus algunas parejas se han animado a realizar su boda en Duchesnay en un hotel donde todo es de hielo, desde las sillas hasta los vasos para el brindis… Que helado, aunque muy original.
1. De cariño
Se relaciona con el sentimiento de intimidad. Este tipo de relación es la que se da entre amigos, familiares...etc. Necesita de más componentes para considerarse una relación de pareja.
2. Entusiasmo
Se relaciona con la pasión. Como la palabra indica, puede ser un sentimiento fuerte pero frágil. Embriaga en un primer momento pero está expuesto a desaparecer en cualquier momento si no surgen otro tipo de cosas.
3. Amor de compañeros
Es el sentimiento de intimidad sumado al de decisión de compromiso. La pasión no existe, pero puede desarrollarse. Si no es así, la relación es la que podría darse entre dos buenos amigos, por lo que una tercera persona que provocase pasión en uno de los miembros podría acabar con este tipo de relación de pareja.
4. Amor romántico
Es la intimidad más la pasión. Dos elementos importantes están presentes, pero si no hay decisión de proseguir con la relación, no hay un compromiso para el futuro, las posibilidades de que la relación continúe son inciertas.

5. Amor apasionado
Es la pasión sumada a la decisión y compromiso. La pasión está sujeta a variaciones, por lo que en los momentos en los que desaparece, se necesita de la intimidad para satisfacer las necesidades personales más importantes. Si no se encuentra en estos momentos, es muy difícil que quede algo que nos una de una forma personal a nuestra pareja. Este tipo de amor se confunde frecuentemente con el amor consumado
6. Amor consumado
Se trata de la suma de los tres elementos: intimidad más pasión más la decisión y compromiso. Toda la gente desea este tipo de relación, pero es frecuente que se confunda el apasionamiento con el amor y que se de una falta de intimidad. Este tipo de relaciones puede acabarse cuando la pasión desaparece y no puede volver a regenerarse debido a esta falta de intimidad, se habría estado en un amor apasionado. Es importante analizar si realmente existe esa intimidad para saber si el amor es consumado.

Fuente: Tips para tu Relacion de Noviazgo 
http://www.parejaplena.com



DIEZ MANDAMIENTOS PARA LOS ESPOSOS
  1. Recuerda que tu esposa es tu compañera y no tu propiedad.
  2. No esperes que aparte de ser tu esposa también trabaje por un jornal.
  3. No pienses que tus negocios no le conciernen.
  4. Deberás conservar su amor de la misma manera que lo ganaste.
  5. Harás de la edificación de tu hogar tu primera ocupación.
  6. Deberás cooperar con tu esposa para establecer una disciplina familiar.
  7. Deberás entrar a tu hogar con alegría.
  8. No permitirás que nadie critique a tu esposa en tu presencia, ni a tu padre, ni a tu madre, ni a tu hermano, ni a tu hermana, ni a ningún pariente.
  9. No debes pensar que tu esposa estará de acuerdo en todo.
  10. Recordarás tu hogar y lo mantendrás santo.

DIEZ MANDAMIENTOS PARA LAS ESPOSAS
  1. Honra tu propia condición de mujer para que tus días puedan ser largos y felices en el hogar que tu matrimonio te proveyó.
  2. No esperes que tu marido te de tantos lujos como los que tu padre te ha dado después de muchos años de sacrifico y economía.
  3. No olvides la virtud del buen humor, pues ciertamente todo lo que el hombre tiene lo dará por la sonrisa de una mujer.
  4. No debes regañar.
  5. Debes mimar a tu esposo, pues ciertamente, todo hombre ama a una mujer que le consiente.
  6. Recuerda que la sincera aprobación de tu esposa significa mas para tu felicidad que las miradas de aprobación de extraños.
  7. No olvides la gracia de la limpieza y el buen vestir.
  8. No permitas que nadie te diga que resulta difícil vivir con tu esposo, ni aun tu madre, ni tu hermana, ni tu tía soltera, ni a ningún pariente tuyo, pues en el juicio no serás hallada inocente por dejar a otros menospreciar a tu esposo.
  9. Cuida de tu hogar diligentemente, pues de el saldrá el gozo en los días de tu vejez.
  10. Encomienda tus pasos al señor tu Dios y tus hijos crecerán y te bendecirán.
Fuente: http://galosito.wordpress.com/tag/esposos/

Pero, ¿por qué el matrimonio tiene un papel tan importante en la formación de los hombres y los hace mejores trabajadores, compañeros más fieles y ciudadanos más pacíficos? Parte de la respuesta está relacionada con la sociología. Las normas de la confianza, la fidelidad, el sacrificio y sostenibilidad económica asociadas al matrimonio facilitan a los hombres instrucciones claras sobre cómo deben actuar hacia sus mujeres e hijos; unas normas que no se aplican de manera clara en las parejas de hecho. Un hombre casado también aumenta su prestigio a los ojos de su mujer, de su familia, de sus amigos y de toda la comunidad cuando decide casarse, ya que muestra sus intenciones y su madurez.
La mayoría de los hombres buscan mantener su posición social ateniéndose a las normas de la sociedad. Una sociedad que premia el matrimonio forma hombres que honran a sus mujeres y cuidan de sus hijos. La biología también es importante. Una investigación sobre los hombres, el matrimonio y la testosterona ha descubierto que los hombres casados, especialmente los hombres con hijos, tienen unos niveles de testosterona más bajos que los solteros. (Los hombres que mantienen una relación de cohabitación también
tienen un nivel más bajo de testosterona que los solteros.) Las relaciones duraderas, estables, con intención de procrear, moderan los niveles de testosterona en los hombres. Por lo que vemos en los estudios sobre la testosterona, esto, a su vez, hace que los hombres sean menos agresivos, promiscuos y que tengan un comportamiento menos arriesgado.
Por supuesto, el matrimonio también afecta de forma especial a las mujeres. Cuando se trata de seguridad física, las mujeres casadas tienen menos probabilidades de ser víctimas de delitos violentos. Por ejemplo, un informe del Departamento de Justicia de Estados Unidos de 1994 descubrió que las mujeres solteras y las divorciadas tienen cuatro veces más probabilidades que las casadas de ser víctimas de un delito violento. Las mujeres casadas tienen menos probabilidades de ser víctimas de maltrato por su pareja que las mujeres que viven en cohabitación o que mantienen una relación íntima. Un estudio ha descubierto que el 13% de las parejas de hecho tuvieron discusiones violentas en el año 2003, comparado con el 4% de las parejas casadas.
Los estudios sugieren que una de las razones por las que las mujeres solteras que mantienen una relación tienen más posibilidades de ser víctimas, es que estas relaciones tienen unos índices más altos de infidelidad,
y la infidelidad es un grave problema para la pareja. Por tanto, para la mayoría de las mujeres el matrimonio es un seguro. Lo que importa no es sólo el estado civil, sino el ideal del matrimonio. Las personas casadas que aprecian el matrimonio por sí mismo –que se oponen a las parejas de hecho, que piensan que el matrimonio es para toda la vida y que creen que es mejor que sean el padre y la madre unidos en matrimonio los que críen a los niños– tienen muchas más probabilidades de formar un matrimonio que funcione, en comparación con las personas casadas que están menos comprometidas con la institución del matrimonio. Los hombres y las mujeres con un compromiso normativo del ideal del matrimonio también tienen más probabilidades de estar más tiempo juntos y de sacrificarse por su relación. Otros estudios indican que tal compromiso, en particular, tiene repercusiones en los hombres: es decir, que la devoción del hombre a su mujer depende más de sus compromisos normativos que del ideal del matrimonio, mientras que para las mujeres es todo lo contrario. Sencillamente, los hombres y las mujeres que se casan para siempre tienen más probabilidades de vivir un matrimonio feliz que los que se casan bajo el lema “hasta lo que dure
el amor”.
Lo que está claro es que el matrimonio mejora la vida de aquellos hombres y mujeres que aceptan sus obligaciones, especialmente aquellos que buscan los beneficios económicos, sentimentales y de salud de la vida moderna. Quizás algunos hombres modernos no creen que necesiten ser refinados o no desean cargar
con la responsabilidad de tener un niño; y quizás algunas mujeres modernas no creen que necesiten la seguridad que sólo un matrimonio feliz puede proporcionarles, o temen que la vida familiar interfiera en su carrera profesional. Pero los resultados dan a entender que estos deseos pueden, a veces, llevar por el mal
camino a hombres y a mujeres, y aquellos que aceptan el matrimonio son más felices que aquellos que buscan una libertad falsa en la soltería, en una pareja de hecho o en el divorcio.

Fuente:

Matrimonio y bien común: Los diez principios de Princeton. SOCIAL TRENDS INSTITUTE. Barcelona – Enero de 2007. 

Mientras que los beneficios más importantes del matrimonio repercuten en los niños, éstos también favorecen enormemente a los hombres y mujeres adultos casados. Tanto los hombres como las mujeres se benefician económica, sentimental, física y socialmente del matrimonio.
Sin embargo, debemos señalar que a menudo hay diferencias de género en los beneficios que proporciona el matrimonio, y que, para las mujeres, los beneficios dependen más de la calidad del matrimonio que para los hombres.
Las ventajas económicas del matrimonio son obvias. Los hombres y mujeres casados tienen más probabilidades de ahorrar y comprar una vivienda que los adultos solteros, incluso comparándolos con solteros o parejas de hecho con el mismo nivel social. Los hombres casados ganan entre el 10 y el 40% más que los hombres solteros que trabajan y han sido educados de forma similar. Por lo general, las mujeres casadas no ingresan más que las solteras, pero esto se debe en parte a que las mujeres casadas suelen tener hijos, lo que tiende a limitar la media de sus ingresos. Los beneficios materiales del matrimonio también se extienden a las mujeres de orígenes marginales, ya que tienen menos probabilidades de caer en la pobreza si se casan. En general, el matrimonio permite a las parejas unir sus recursos y compartir las tareas del hogar. Las obligaciones asociadas al matrimonio dan a las parejas una perspectiva a largo plazo que les permite invertir tanto en una vivienda como en otros bienes duraderos. Las normas de la madurez adulta asociadas al matrimonio animan a los adultos a gastar y ahorrar de manera más responsable. 
El matrimonio también promueve la salud física y sentimental de hombres y mujeres. Los adultos casados tienen una vida más longevas, menos enfermedades, mayor felicidad, y los niveles de depresión y de consumo de drogas son menores que en los de las parejas de hecho y en los de los adultos solteros. Los cónyuges suelen alentar a sus parejas a que se cuiden y acudan al médico en caso de que sea necesario. Las normas de madurez adulta y fidelidad asociadas al matrimonio animan a hombres y mujeres a rechazar comportamientos de riesgo y nocivos, desde tener relaciones sexuales promiscuas a consumir una gran cantidad de alcohol46. El aumento de las ganancias y la estabilidad económica que resultan del matrimonio permiten que los hombres y las mujeres casados soliciten una mejor asistencia médica. El apoyo emocional que dan la mayoría de los matrimonios reduce el estrés y las hormonas del estrés, que a menudo son la causa de una mala salud y de enfermedades mentales. Los hombres, en  particular, suelen tener una vida más larga y una salud general mejor gracias al matrimonio. Las mujeres también se ven favorecidas, pero sus ventajas en la salud dependen más de la calidad del matrimonio: las mujeres en matrimonios de poca calidad tienen más probabilidades de experimentar problemas de salud físicos y mentales que las mujeres solteras, mientras que los matrimonios que funcionan bien aportan a las mujeres un gran estímulo físico y psicológico.  
El matrimonio también juega un importante papel en educar cívicamente a los hombres. Los hombres casados tienen menos probabilidades de cometer un delito, ser sexualmente promiscuos o infieles a una pareja de muchos años, o beber en exceso. También asisten a la iglesia más a menudo, pasan más tiempo con los suyos (y menos con sus amigos), y trabajan más horas. Por ejemplo, un estudio ha demostrado que sólo el 4% de los hombres casados han sido infieles en el año 2003 –comparado con el 16% de los hombres que mantienen una relación de pareja de hecho y el 37% de los hombres que tienen una relación sexual con una mujer. La amplia investigación realizada por el sociólogo Steven Nock, de la universidad de Virginia, sugiere que las conclusiones a las que ha llegado no son el resultado de la selección de personas que han estudiado en particular, sino que realmente son el resultado directo del matrimonio. Nock ha estudiado el paso dado por los hombres de la soltería al matrimonio, y ha comprobado que su comportamiento ha cambiado en realidad tras el matrimonio: después de casarse, los hombres trabajan más duro, acuden menos a bares, van más a la iglesia y pasan más tiempo con los miembros de su familia. Para muchos hombres, el matrimonio es un rito de paso que les introduce en el mundo adulto de la responsabilidad y el autocontrol.

Fuente:

Matrimonio y bien común: Los diez principios de Princeton. SOCIAL TRENDS INSTITUTE. Barcelona – Enero de 2007.